En el marco del proceso globalizador, las relaciones de intercambio del mundo contemporáneo ni por asomo son justas, y el desarrollo desigual de alguna parte del mundo que arrancó primero la era industrial, contribuyó de una forma u otra a formar las fronteras de los diversos países que componen nuestra América Latina. Cada nación partió de algún puerto importante y alrededor de éste se gestó un circulo de poder, una oligarquía portuaria, comercial, que manejaba las relaciones de intercambio con el resto del mundo, y el resto del mundo fundamentalmente era Europa y antes que nada Inglaterra, la primera gran potencia emergente. Contra eso hay que construir la integración latinoamericana. Todos estos Estados se formaron desde el Océano, desde la costa y a partir de los puertos y en círculos pequeños pero poderosos de intereses unidos al comercio de importación y exportación esencialmente. Es esa la historia del descoyuntamiento de América Latina y contra el sueño de los libertadores que eran integradores, porque la revolución contra el coloniaje español fue una sublevación en todas partes y los unos se reforzaban con la acción de los otros y desde ese punto de vista fue una lucha totalmente integrada. El futuro nos encontrará unidos o vencidos Muchas de esas fronteras son el resultado de la acción de la economía, de una economía altamente dependiente y comercial hacia el mundo que había arrancado en la industrialización particularmente Europea y sobre todo de Inglaterra. Pero ya por el 1900 algunas voces intelectuales, como Rodó en Uruguay y Martí en Cuba, cuando las convocatorias al Panamericanismo del emergente nuevo Estados Unidos, hablan de la necesidad de encuentro entre los latinoamericanos. Y luego los desastres que significaron las dos guerras mundiales, mostraron que los fuertes Estados nacionales europeos, como Francia, Alemania o Inglaterra ya no tenían la dimensión para incidir en el mundo en relación con lo que estaba apareciendo, que eran las unidades de carácter continental como Estados Unidos, que, sólo, superaba a cada uno de los otros. Entonces Europa va a emprender el difícil camino de sobreponerse a 20 lenguas distintas para integrarse. Porque juntarse es esencial para pesar en un mundo de fuerza, y esa es la marcha de más de 50 años de la no terminada Comunidad Europea que hoy nos impacta con su euro, entre otras cosas. La otra parte del mundo, otro Estado continental de dimensiones colosales que despierta, China, y un poco más lejos India, hablan de lo que va a ser el mundo del futuro. Y la gran pregunta para nosotros, los latinoamericanos que hoy apenas componemos el 6% de la economía del mundo, es si el futuro nos encontrará unidos o vencidos. Por eso no cabe duda que el fenómeno de la integración no es una cuestión de intercambio o de relaciones comerciales, sino que es una larga marcha para juntar fuerzas y construir un Estado o una relación federal; una relación política con la suficiente fuerza para pesar en las negociaciones del mundo que va a venir. Lo otro, la atomización, es permanecer pulverizados, dispersos, enanos; significa ser una hoja al viento donde andaremos para donde nos lleven. Y si eso estaba claro hace algunos años hoy está rotundamente, dolorosamente claro. Cuando uno ve que China se ha transformado en la segunda potencia del mundo y en los próximos 20 años probablemente sea la primera y lo que es muy grande hoy pasará a un segundo, tercer o cuarto plano, en ese mundo la cuestión de las soberanías tendrá otras fantasías, tendrá otras expresiones, porque también el mundo digital y el mundo del conocimiento se multiplica. Complementación productiva Entonces la cuestión del Mercosur no es un problema accidental, es un negocio mal nacido y muy mal nacido porque fue llevado adelante con una concepción neoliberal que lo único que le importaba era una misión fenicia: tantos negocios hago contigo y tantos tú haces conmigo, y no es que los negocios no tengan importancia, es que no se planteó el gran desafío de empezar deliberadamente un proceso de integración colectiva buscando economías complementarias. Nos desarrollamos hacia afuera por el mar para encajar en el espacio que nos dejaba el comercio del mundo y ante la demanda de ese comercio. La creación de un espacio propio, interdependiente, requiere contenido y decisión política porque no es una libre elección, es propiamente una elección que arranca desde el lado político para atrás, tras el intento político de crear y de recrear una sólida nueva modalidad económica y de interdependencia como cimiento para formas más avanzadas de futura unidad. La construcción deliberada de esa unidad productiva y complementaria tiene que ser la razón de ser esencial de las políticas exteriores de los gobiernos de la región, y está a leguas de ser eso. Nuestro fracaso continúa porque esta tarea no se ha transformado en la prioridad de los gobiernos de la región. Seguimos enredados en una visión estrictamente nacional de Estado adentro y de Estado chico mirando cómo le vendemos al mundo y cómo peleamos con el mundo; no es que esa pelea no tenga importancia pero tiene importancia si busca tener los medios para crear lo otro, la complementación productiva de nuestro propio espacio. Esta es la cuestión. Si el comercio con el resto del mundo sirve para generar medios económicos, técnicos, científicos que nos ayuden a forjar una integración productiva y complementaria entre los países de la región estaremos caminando a favor de la integración, pero por el contrario si la relación con el mundo se transforma en la razón de ser, estaremos construyendo en el mejor de los casos, una visión de pago chico, pero no estaremos colaborando a construir la futura nación que soñaron los libertadores.
14 de julio de 2008 Fuente:La República
